viernes, 31 de marzo de 2017

Estamos rodeados, así que "¡a lo que vinimos!" - Crónica de una inolvidable experiencia en los Andes de Salkantay y la selva del Cusco, Perú

Cusco –Patrimonio histórico de la Humanidad- fue la capital del gran imperio Inca, y guarda impresionantes tesoros en un entorno natural de singular belleza y atractivo, con múltiples ofertas para los aventureros amantes de la montaña. En esta oportunidad, fue además la base de la denominada “Ultra Machupicchu Trail”, carrera de montaña en régimen de semi autosuficiencia non stop (todos deberíamos conocer estas condiciones, y noto por los comentarios que en muchos casos, no fue así, o que se minimizaron los riesgos), con cuatro distancias: 15K, 30K, 70K y 100K disputadas los días 25 y 26 de marzo pasados.

Caminante no hay camino, se hace camino al andar… (Cantares, Joan Manuel Serrat)

Fue mi competencia N° 50 de Maratones y Ultramaratones, así que el número “redondo” tenía un especial significado. Hubo un primer intento de hacer la carrera el año pasado, pero por razones de organización y permisos en los recorridos previstos, quedó postergada para esta fecha, lo que me permitió agendarla y resolver todos los aspectos logísticos con tiempo. Opté por la distancia 70K donde tenía un límite de tiempo para completarla de 20 horas, ya que cuatro semanas antes había disputado la “4 Refugios” en Bariloche y no podía correr riesgos.

Corro porque los atletas amateurs trascienden el hecho de correr. Correr es un estilo de vida.

Otros uruguayos también se hicieron presentes en las pruebas: en 100 K, María Cantera y Pablo Lapaz (más José Fernando Vázquez, artiguense radicado hace muchos años en Brasil y que compite por ese país); en 70K, Mabel Paiva, “Caroteno” Chabalgoity, Hebert Prado, Dardo Parentini y yo (Paula López tuvo un lamentable accidente en la tarde previa, con fractura en los pies, pero ya está en franca recuperación aquí en Uruguay); y en 30K, Libia Vico y Guillermo Estradé. Resultó muy grato ver la enorme cantidad de argentinos –encontré varios amigos de estas carreras- y brasileños presentes entre los cerca de 400 corredores en todas las distancias. En términos porcentuales no nos podemos quejar de la representación del “paisito”.

Entonces siempre acuérdate, de lo que un día yo escribí… (Palabras para Julia, Paco Ibáñez)

Me ha costado bastante encontrar un hilo conductor para esta crónica, ya que plasmar en palabras una experiencia como ésta, supone seleccionar algunos aspectos y -por tanto- descartar otros, donde las circunstancias a las que brillantemente refería Ortega y Gasset hace ya 100 años en sus “Crónicas del Quijote”, pueden teñir con mucha subjetividad el relato. Pero es el riesgo que siempre corremos, que en mi caso lo tomo con la tranquilidad de intentar ser lo más fiel posible con las vivencias que busco transmitir, reflejando con emoción y pasión aquello que en cada momento viví. Si se mantiene en mi mente y en mi corazón, es porque para mí tiene valor.

Dice Mauricio Bergstein en “La fiesta de los Dioses”, que en los viajes, lo que verdaderamente cuenta no es comprender, es ver. En mi caso, trato de ver todo lo que pueda, pero también de comprender, ya que aquí entran en juego las circunstancias, las emociones, las subjetividades de cada situación, con sus complejidades y contradicciones, es decir, la vida con todas sus riquezas y miserias. En este caso, tuve la fortuna de conocer un “Patrimonio de la Humanidad” con toda su majestuosidad, pero también de compartir vivencias con algunas personas increíbles y a quienes mucho les debo -ustedes lo saben-, como intentaré reflejar.

La aclimatación previa

Además de los que fuimos a competir, compartimos esta semana con otros tres compañeros, verdaderos “acompañantes” de lujo: Gabriela, Fabiana y Juan. Con seguridad, fuimos la selección con mejor soporte logístico. En la selección de opciones para aclimatar adecuadamente y conocer lugares, en los días previos hicimos un par de excursiones al Valle Sagrado de los Incas y al Santuario de MachuPicchu, además de las caminatas por Cusco. En todo momento, me sentí bien físicamente, sin complicaciones por la altura, haciéndole caso a todas las recomendaciones desde el punto de vista médico para una buena aclimatación (salvo en las bebidas... sí, me salí de los consejos al disfrutar de abundante pisco sour y de cerveza Cusqueña…).

En la visita a Valle Sagrado de los Incas, destaco el pueblo de Pisac y su centro arqueológico, donde tuve el privilegio de encontrar al gran atleta argentino Daniel Pincu. Mientras nos tomábamos una foto en el centro arqueológico con la bandera uruguaya, un visitante -Daniel- comenta sobre la presencia de la delegación uruguaya. Me pregunta mi nombre, y ahí nos identificamos (lo conocí en La Misión 2013 y en el Mont Blanc). “Después de Ruben Manduré, Uruguay envía a quién más ha corrido en la montaña”, me dijo entre sonrisas. Hicimos todo un simulacro para la toma de fotos, mientras nos confundíamos en un abrazo. En el descenso, decidimos hacer un trote suave para ver cómo nos sentíamos.

De allí seguimos a Urubamba y Ollantaytambo, donde hicimos una visita guiada a la zona arqueológica, para en el retorno a Cusco, detenernos en el precioso pueblo de Chincheros -a unos 4200 msnm- donde conocimos el trabajo que allí se realiza, contado con lujo de detalles por las mujeres artesanas.

El miércoles 22 viajamos muy temprano a conocer el Santuario Histórico de Machupicchu, combinando ómnibus hasta Ollantaytambo y posteriormente tren (PerúRail) hasta el pueblo. Allí decidimos subir caminando por el largo sendero que corta el camino en zigzag que hace el ómnibus (junto a Mabel, Dardo y Hebert). Duro pero interesante, necesario y conveniente para la aclimatación y el entrenamiento. Nos llevó 1 h 50 minutos, y en la cima pudimos disfrutar de un buen mate –no puede faltar-, mientras esperábamos a los demás compañeros (Gabriela, Fabiana y Juan), rueda que compartimos con una ecuatoriana que descansaba en la cima (¡le gustó el mate!). Después de un buen descanso, ingresamos a las ruinas, donde fuimos hasta la Puerta del Sol, el impresionante Puente del Inca, y posteriormente recorrimos las ruinas. Al retorno y antes de iniciar el descenso, disfrutamos de unas buenas "birras" Cusqueña, y encaramos la bajada –se sumó Fabiana y se quedó Hebert, que bajó en el ómnibus- al trote. El cartel indicador señala que se baja en 60 minutos; nosotros lo hicimos a buen ritmo, en 40 minutos.

El jueves 23 –día de descanso activo- fuimos a retirar el kit en la mañana al Hotel Marriot, y en la tarde asistimos a la charla técnica, momento en el que nos enteramos del lamentable accidente de Paula, así que nos retiramos a la Clínica Peruano Suiza para conocer su estado de salud. Pese a la dura circunstancia, impresionaba ver el buen estado de ánimo de Paula. Le prometimos que íbamos a hacer la carrera en su homenaje.

A lo que vinimos

A la mañana temprano del viernes 23, salimos en buses rumbo a Mollepata, un pueblito en medio de la montaña ubicado a unos 2800 msnm, con la apacible calma propia de estas comunidades alejadas del movimiento de las grandes ciudades. La espera allí, fue propicia para grabar algunas imágenes con amigos de estas disciplinas, disfrutar de la fiesta que se vivía en el pueblo que se desbordó con tanta gente “rara”, ver extrañados las comidas típicas que se preparaban alrededor de la plaza, y sumarnos al izado de banderas de los países participantes.

En la distribución de alojamientos, nos correspondió la casa de Yanet, junto a colegas mexicanos. Joven, con 4 o 5 hijos (no llegué a precisarlo) y viviendo también con su madre-, nos abrió su casa y su corazón con todo lo que tiene, en una pobreza digna que nos impactó por su frescura y autenticidad. No pude menos que darle un muy fuerte abrazo y un enorme “gracias” por esa manera de recibirnos.

Despedida y abrazos: la certeza de que nunca más nos volveremos a ver. Como aprendería más tarde: para el viajero, cada encuentro es un momento único. (La fiesta de los Dioses, Mauricio Bergstein)

En los intercambios con los compañeros, recordé otro comentario de ese libro, cuando Mauricio se pregunta:  "La gente, ¿es feliz aquí?" Muy posiblemente, es una pregunta que nunca nadie se formuló, al menos en el sentido de “felicidad” que podemos darle nosotros. Esa jornada vivida en Mollepata, tuvo también la riqueza del encuentro con el Alcalde, que estuvo recorriendo los diferentes lugares del pueblo y buscando atender a los visitantes, a quien le comenté por la enorme presencia de extranjeros. “Sí, lástima que dura solamente un día y mañana ya volvemos a la rutina”, me respondió.

La carrera

Y se largó la lluvia. A las 2:00 largó la carrera de 100K desde Mollepata, en tanto los corredores de 70 K fuimos trasladados a partir de las 3.00 hacia Soraypampa, a 3890 msnm. La llovizna persistente y el daño causado en el camino por el agua –incluso con un desmoronamiento en un punto del sendero, que estaban reparando con máquinas-, hizo que el viaje fuera más largo de lo previsto.

Al llegar, encontramos a Caroteno Chabalgoity que había venido en una ambulancia que iba a esa zona. Siempre nos encomendamos a nuestros dioses y duendes protectores en el momento de largada, aunque en tono de broma digo el saludo de los gladiadores: "Ave César, los que vamos a morir te saludan".

Largamos finalmente a las 6:00 AM –una hora después de lo previsto- para enfrentar la dura subida hacia la Laguna de Humantay a 4260 msnm, y posteriormente bajar. Me resbalé un par de veces pegándome unos buenos golpes y aprendí a patinar en el barro, así que puedo decir que arranqué mojado y embarrado…

Intercalando detenciones para recuperar el aire, encaramos el nuevo ascenso hacia Salkantay Pampa (4160 msnm)  y 6.5 km de recorrido–siempre con la llovizna complicando-, por el costado del arroyo que baja con mucha fuerza de la montaña. En ese tramo encontramos a Pablo Lapaz, quien se fue adelante. 

Corazón que aprendió a latir más lento, para poder llegar más lejos

Al llegar al puesto, además de la hidratación y alimentación, teníamos la posibilidad de medir el nivel de oxigenación en la sangre y –de ser necesario- recibir un poco de oxígeno que nos ofrecían los paramédicos de la Organización. Estábamos muy bien cuidados, como sucedió en prácticamente todo el recorrido, y hay que destacarlo.

Dado que los “Cuatro Fantásticos” (Mabel, Hebert, Dardo y yo) nos sentíamos bien, emprendimos el siguiente tramo con convicción. En ocasiones, la llovizna nos permitía ver apenas el imponente nevado de Salkantay. El camino seguía en ascenso hasta Soyrococha (4480 msnm), donde completamos 8.5 km. Nuevamente nos consultaron por el estado de salud, y continuamos.

Como señala uno de esos videos motivadores que pueden encontrarse en las redes sociales, “con el romanticismo de esos locos que viven estúpidamente enamorados de su anónima misión deportiva” decidí desafiar a mis compañeros. A 4500 msnm le pedí a Dardo que encendiera su cámara y filmara un trote en ascenso, al que se sumó Mabel y Hebert, que dedicamos a Martín Zanabria. Sí, lo hicimos con la dificultad propia de la escasa cantidad de oxígeno en el aire, pero sin sufrir ningún mareo o dolor de cabeza, salvo la natural agitación por el esfuerzo a tanta altura.
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Tan fácil, fácil, no es, horizonte lejano, correr y correr… (“Carretera perdida”, grupo de rock uruguayo ”Buitres”)

En tanto nos superaban algunos turistas que ascendían en mulas, fuimos intentando registrar las espectaculares imágenes que nuestros ojos captaban entre la niebla y la llovizna. Mientras ascendiamos,  sentíamos que estábamos en el Infierno; al llegar nos dimos cuenta que estábamos en el Paraíso. Después de un respetable esfuerzo, llegamos al Abra de Salkantay (4640 msnm y 9.5 k de competencia). ¿Qué agregar, ante tanta majestuosidad? Nos divertimos mucho, tomamos fotos, gritamos, saltamos y renovamos el compromiso con los Hermanos de la Montaña.


Apenas retomamos el camino por el abra, una especie de “sacerdote” nos untó los labios con un aceite y nos hizo una revisión del estado de la cabeza (iba a escribir “mente”, pero con seguridad debería decir que estamos muy mal…), pulmones y estómago, mientras hacía girar unas cuentas de vidrio. “Están muy bien, felicitaciones”, nos dijo a los cuatro.

El hombre siempre ha viajado amarrado a algún fundamento. Y yo, ¿en nombre de qué viajo? Sin causa, sin bandera, en nombre de nadie, sigo de un sitio a otro. (“La fiesta de los Dioses”)

Enseguida nos esperaban dos chamanes, que nos hicieron pasar por un ritual de agradecimiento a la Pachamama, la madre tierra, en un terreno plagado de apachetas, esos montículos de piedras originalmente colocados como ofrendas, en particular en las zonas altas y en las cuestas difíciles, que con el tiempo fueron convirtiéndose también en una guía para los caminantes. Además de la protección de los paramédicos y personal de la Organización, corríamos con la bendición de la Pachamama. Hasta el más agnóstico de los mortales, se siente profundamente conectado con la Madre Naturaleza en esas circunstancias, como sin dudas nos sucedió a cada uno de nosotros.

Continuó un camino difícil y peligroso por zona de muchas piedras en leve bajada, técnico y complejo, tramo en el que superamos a Pablo Lapaz que bajaba con mucho dolor en la rodilla y tobillo de la pierna derecha, hasta los 3900 msnm que alcanzamos en el Km 15, cuando llegamos a Wayracmachay. También aquí había buena atención médica –le ofrecieron a Hebert curarle una herida superficial- y pudimos alimentarnos abundantemente.

Soy náufrago en el mar, y en tierra no paro de caminar… (“Náufrago”, grupo de rock uruguayo: Cuatro Pesos de Propina)

Continuamos bajando, ya sobre un largo camino de tierra que nos llevó a pasar por Chaullay y alcanzar Collpapampa, a 2800 msnm y con 27 km de recorrido. Por momentos, el calor se hacía sentir ya que había parado la llovizna, así que nos detuvimos a quitarnos un poco de abrigo. Seguía un largo camino en bajada, serpenteando en la sierra con la espectacular vista del arroyo que baja con mucha fuerza de la montaña, y –cada tanto- cascadas que derraman sus aguas dándole un toque mágico al paisaje. Intercambiando trotes y caminatas, Mabel y –por momentos- Hebert, nos llevaban a un ritmo muy interesante. Nos cruzamos con muy pocos corredores en este tramo, lo que a veces hacía dudar –en especial, a Mabel- sobre el recorrido, ya que casi no había cintas, pese a que el único camino que había era este que bordeaba el arroyo (como lo había indicado Alain Dueñas, el director del evento). Ya cerca del siguiente punto, nos superó Pablo Lapaz que ahora avanzaba a un ritmo envidiable, ya totalmente recuperado de sus molestias.

Finalmente, después de un largo recorrido llegamos al denominado “Campamento de Vida”, ubicado en el Km 41 a 2080 msnm en la “Playa Sahuayacco”, justo cuando Pablo retomaba su camino. Aquí recibimos las bolsas con ropa para cambiarnos que habíamos enviado, corregimos algunas cintas de protección en los pies, tomamos una buena sopa de fideos y cuis, repusimos líquidos y después de un breve descanso, retomamos el camino, justo cuando llegaban en ómnibus los corredores de 30 km que a la mañana siguiente largaban desde ese lugar. Escuchamos el “aguante Uruguay” de Libia Vico y Guillermo Estradé, y después del saludo y las muestras de cariño, seguimos nuestro rumbo en leve bajada por un par de kilómetros, donde doblamos a la derecha para encarar en Lucmabamba el “Camino Inca” (alternativo).

Mire que son pagos lindos, los de la 5ª sección… (Isla Patrulla, dúo de Música Popular Uruguaya: Los Olimareños)

Desde los 2000 msnm, debíamos ascender hasta los 2812 msnm por un camino en general bastante limpio, con algunos tramos con piedras ubicadas como si fueran escalones. Apenas iniciamos el ascenso, una vecina ofrecía granadas a los corredores. Sentí cierta pena por responder negativamente ante esa muestra de cariño y apoyo, pero recién nos habíamos alimentado y no tenía sentido cargar con algún peso adicional. Por momentos, volvía a lloviznar, así que el recorrido se nos hizo duro, muy duro, inesperadamente duro. En todo momento me quedaba un poquito atrás, pero mis compañeros me aguantaron sin chistar. Ya nos había alcanzado la oscuridad de la noche, cuando llegamos al punto más alto –Llactapata- con 48 kilómetros de recorrido. Durante este tramo y como forma de entretenimiento, me vinieron a la mente algunas estrofas de “Isla Patrulla” cantada por Los Olimareños, a lo que se sumó Hebert ("... y a toda esa gente que quiso un camino nuevo pa' su pago, pero que no precisa un camino nuevo pa' llegar a mi memoria...").


Iniciamos la bajada por un camino absolutamente lleno de barro, todo pisoteado, donde era prácticamente imposible sostenerse, rumbo a la Hidroeléctrica ubicada a 1800 msnm, punto en el cual se supone que debíamos tomar rumbo a la base de la montaña Huayna Picchu, para posteriormente encarar el tramo final hasta Santa Teresa, a 1560 msnm. En esa bajada, Hebert rompió un bastón, al quedar clavado profundamente en el barro.

Al final del largo recorrido por el camino de tierra al costado del arroyo, llegamos a la cabecera del puente donde debíamos tomar rumbo a la base del Huayna Picchu, pero nos instruyeron a que tomáramos rumbo a Santa Teresa, ya que por razones de seguridad –casi se produjo un accidente con una corredora cruzando la vía del tren- se había decidido cortar el recorrido. Escuché la voz de Caroteno, que había llegado un ratito antes y ya estaba saliendo rumbo a la meta.

Después de reaprovisionarnos, salimos a encarar el último tramo bastante limpio, unos 8 o 9 kilómetros pasando muy cerca de la Hidroeléctrica y culminando en Santa Teresa. A falta de unos 2 kilómetros, alcanzamos a Caroteno –que marchaba con otros dos competidores- y a partir de ese punto continuamos juntos. Ingresando al pueblo de destino, nos esperaba una nueva sorpresa: el ascenso de una muy larga escalera, interminable, que nos quemó la poca fuerza que nos quedaba. Caroteno picó adelante para cumplir con su promesa a Paula, en tanto los “Cuatro Fantásticos” llegamos juntos a la meta -unos pocos metros atrás-, completando los 61.3 kilómetros que me marcó el GPS en un tiempo neto total de 15 horas 52 minutos, entre los aplausos del público. 

¿Puede haber satisfacción más grande que culminar mi desafío N° 50 entre “Maratones y Ultramaratones”, gracias al enorme apoyo de estos “hermanos de la vida”? ¿Cómo no considerarme privilegiado? No solamente me “aguantaron” en los momentos más duros –estuvieron siempre ahí, apoyándome- sino que además me permitieron cumplir esta meta tan especial, en un tiempo mejor al esperado, y entero físicamente.

La gran mayoría de corredores de 100 K también fueron cortados en el recorrido, y terminaron completando unos 84 kilómetros de acuerdo con mis estimaciones.

“Viajar es estar vivo, llegar es estar muerto”. Ergo, viajero es el que nunca llega.

Nos recuperamos un poco y un periodista que transmitía para la televisión local en directo, me entrevistó mientras mis compañeros descansaban sentados en el cordón de la vereda. Mabel gestionó con éxito, una medalla para Paula, que esperemos mitigue un poco su dolor por no haber podido participar a raíz del accidente que sufrió.

A la mañana siguiente, disfrutamos de un buen desayuno. Aquí debo destacar otra situación que me tocó vivir. Un niño –no más de 5 años- me observaba atentamente mientras desayunaba, y en un momento levantó su mano y –desde su más pura inocencia, sin decir palabra- me acarició la desprolija barba… ¿Le habrá llamado la atención alguien con pelos en la cara? Muy posiblemente sea eso, pues prácticamente no vi a nadie así en ese pueblo. Es una imagen que sigue presente en mi retina, que me conmovió.

Neurosis del caminante: nos apresuramos a correr y lanzarnos al camino. Nos desvivimos por arribar pero tan pronto atracamos en el sitio largamente soñado, nos asalta la prisa que nos ordena volver a partir. Itinerario sin destino y sin fin, brújula sin agujas y sin norte. Siempre con los pies mirando hacia allá, nunca hacia aquí. (La fiesta de los Dioses)

Los próximos desafíos ya están señalados en la agenda. Tengo la fortuna de haber alcanzado 7.266 kilómetros en competencias oficiales, más de la mitad en carreras de “trail” sin haber sufrido lesiones serias. Ello me ha permitido conocer a mucha gente, compartir aventuras con queridos compañeros de una calidad humana muy elevada, seguir creciendo y disfrutando de entornos naturales excepcionales, que de otra manera muy difícilmente conocería. "El camino es la recompensa", señaló el Maestro Tabárez, DT de la selección uruguaya de fútbol, y vaya si se aplica en mi caso. 

Si estos desafíos son una búsqueda: ¿de qué?, ¿de quiénes?

No tengo respuestas, sino solamente preguntas que se siguen acumulando. ¿El desarraigo? ¿El dolor por quienes ya no están? La memoria de mis padres está presente en cada paso que doy, y en particular la de mi hermana menor –mi querida “Morocha”- que siempre estaba pendiente de estas aventuras y me prometió que algún día –si se recuperaba de su cruel enfermedad- me acompañaría. No pudo ser, pero en cierta forma me siento acompañado siempre, protegido por su incondicional cariño que sigue vivo pese al transcurso del tiempo. A quienes llegaron hasta aquí, las disculpas por el toque tan personal, pero es lo que siento.

Respeto mucho a la montaña, pero no temo. Mis duendes me protegen.

4 comentarios:

GabyHG dijo...

Estaba esperando ansiosamente tu crónica!!!!como siempre viajo con ellas y hasta un toque de emoción que me hace admirar mucho todo ésto.Un abrazo y felicitaciones

Jorge Xavier dijo...

Gracias Gaby. Me reconforta saber que te agrada.

Anónimo dijo...

Maravilloso. Dejaste las fibras emocionales al descubierto. A por más. Abrazo

David Vega dijo...

Relato exquisito del GURU de Hermanos!!
Abrazo gigante!!!